En honor de Sergio Andrés Fernández, escultor mejor conocido como El Topo
Sergio Andrés Fernández, escultor, mejor conocido como El Topo, nos relata con verdadero dramatismo en un libro de su autoría y de reciente publicación, los terribles acontecimientos derivados del terremoto ocurrido en ese fatídico 19 de septiembre de 1985, en la Ciudad de México. Yo tuve el honor de escribir el prefacio de este magnífico libro.
Recordamos a través de sus páginas, el desplome del Hotel Regis, el desmoronamiento del conjunto Nuevo León, la caída de la unidad habitacional Tlatelolco, la desaparición del Hospital General, el derrumbe de las instalaciones de Televisa, y de tantos y tantos edificios cuyo colapso causó la muerte de miles de mujeres, hombres y niños. Volver a vivir esos momentos a través del libro de Sergio Andrés es una experiencia dramática.
Recordamos ese despertar de la sociedad, del ciudadano de a pie, que en forma espontánea y maravillosa salvó —salvamos— vidas, removimos escombros, auxiliamos heridos, llevamos medicinas, alimentamos hambrientos, en fin estuvimos disponibles para lo que pudiera surgir, sin horario y con esfuerzos admirables. Hombro con hombro colaborábamos los empresarios, los trabajadores, los jóvenes, los viejos, los chavos banda, las mujeres… ejemplo que debiéramos seguir no sólo en las catástrofes, sino en el diario acontecer de nuestro país. Mi mujer y yo, que por cierto sufría en esos días una intensa molestia en la espalda que me provocaba fuertes dolores, tomamos un pico y una pala —que salieron de quién sabe dónde— y fuimos a rescatar sobrevivientes en la Secundaria 4 allá por la avenida Chapultepec esquina con Mérida. Recuerdo como si fuera ayer la fuerza que imprimían a su labor unos chavos banda que, a nuestro lado, retiraban escombro y se metían por los agujeros en busca de sobrevivientes.
También nos sirve este libro para recordar el ejemplo de Plácido Domingo, luchando por recuperar a sus familiares, amigos y vecinos del conjunto Tlatelolco; de la ayuda sin par que recibimos de otros países, quienes mandaron no sólo víveres y medicinas, sino verdaderos expertos que colaboraron con los nuestros para salvar vidas, apoyaron a los heridos y damnificados, y soltaron unos perros debidamente entrenados que encontraron, gracias a su olfato, heridos y muertos en lugares donde solamente se apreciaban ruinas.
Al reverso de la medalla encontramos la reacción tardía del Presidente de la República, en aquel entonces Miguel de la Madrid, quien inexplicablemente retrasó la entrada de quienes debieron estar al frente del salvamento, menospreciando al principio, la ayuda oportuna e invaluable de países amigos deseosos de colaborar con nosotros. ¡Cuántas vidas y lágrimas fueron causa de la indecisión presidencial! ¡Qué precio tan alto adquiere la pequeñez de aquellos que se ostentan como nuestros líderes!
El autor del libro narra también historias relacionadas con seres despreciables que aprovechan las tragedias para beneficio propio y se enlodan en la corrupción. Nunca faltan las aves de rapiña ante la desgracia humana.
Pero ahí están los topos, grupo que formó y del que sigue formando parte Sergio Andrés Fernández, verdaderos héroes de quienes poco sabemos y no hemos reconocido en la forma debida. Aquí, en este libro, queda plasmado su heroísmo. Hombres que contemplaron la tragedia no sólo desde las calles de la ciudad, también desde el interior de los edificios colapsados, por abajo de los techos caídos, en huecos que atravesaron arrastrándose sin saber si podrían regresar vivos al punto de partida. Su motivación fue salvar la vida de niños, de hombres y de mujeres, o bien, recuperar los cadáveres y entregarlos con pena a familiares y amigos, poniendo en riesgo en todo momento su propia vida. El relato del autor de este libro, quien fue uno de los principales topos, es intenso, dramático. Su testimonio sirve para que todos los mexicanos reconozcamos el heroísmo de estos compatriotas, pues con frecuencia no agradecemos debidamente a quienes debiéramos reconocer como héroes anónimos que entregan todo sin solicitar nada a cambio.
Sergio Andrés Fernández nos invita a la reflexión: Se solicitan topos, nos dice, topos que quieran ir al rescate de su propia vida familiar; topos que vayan a hurgar en las casuchas de las ciudades perdidas y recuperen a los niños que se están muriendo de hambre; topos que salven a aquellos que han caído en la drogadicción; topos que lleven esperanza a los que no la tienen; topos que sepan enfrentar a las autoridades cuando éstas pretendan pisotearlos… se solicitan topos.
Y yo agregaría, a lo que dice Sergio Andrés: necesitamos topos que se introduzcan en la cañería de la corrupción y estén dispuestos a limpiarla; que se introduzcan en el corazón de la partidocracia y quieran dignificarla; que se introduzcan en la sindicatocracia oficial y frenen sus prebendas; que se introduzcan en el Congreso y exijan su actuar responsable y su visión de Estado; que se introduzcan en el corazón de las empresas y las impulsen a actuar con responsabilidad social; que se introduzcan en el alma de nuestra sociedad y transformen nuestra actitud, para que actuemos a diario con la misma responsabilidad, entrega y solidaridad con la que se actuó en aquel ya lejano 19 de septiembre de 1985; se solicitan topos que animen a otros ciudadanos a ser eso: ciudadanos de alta intensidad y no sólo habitantes de su ciudad.
¡Sí! Se solicitan topos, muchos topos, pues necesitamos reconstruir nuestro país a partir de esta profunda crisis que padecemos. El 2010, año del Bicentenario, debe ser el año de la sociedad, de los ciudadanos, de aquellos que quieran tomar el papel de héroes desconocidos para salvar nuestro futuro al grito de Paz, Concordia y Unidad.
Solicitamos topos, muchos topos.
Presidente de Sociedad en Movimiento
ton_@prodigy.net.mx
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